viernes, 23 de mayo de 2014

Homenaje al Arq Luis Ortiz Macedo

El legado del arquitecto Luis Ortiz Macedo

Durante la época del “funcionalismo rabioso”, este inteligente y discreto arquitecto defendió la arquitectura novohispana y obligó a muchos a revalorarla, evitando que se demolieran más templos, conventos, casonas y plazas con el argumento de que la modernidad debía sobreponerse a los patrones coloniales, especialmente los españoles. Falleció el mes pasado.

Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*

Siempre que voy al venerable panteón de San Miguel en Oaxaca, donde descansa mi padre Néstor, recuerdo a dos colegas de gran valía, quienes pudieron haber dejado una huella imperecedera en Oaxaca mediante la conclusión de la capilla, hoy ruinosa, ubicada en medio del hermoso patio neoclásico. Me refiero a Luis Ortiz Macedo y a Octavio Flores Aguillón[1], el primero oriundo de la ciudad de México y el segundo de Ejutla, Oaxaca, Ambos restauradores, funcionarios públicos, profesores e idealistas. También, ambos, miembros respetables del Seminario de Cultura Mexicana, quienes, siguiendo la tradición, presentaron ante su asamblea los resultados de sus trabajos y pesquisas como si de exámenes de posgrado se tratara, con la seriedad del investigador pero también con el toque de fino humor que la amistad consiente.
Octavio me presentó con Luis como parte de la invitación a formar parte de tan distinguido grupo. Y Luis, varios años después, me obsequió su libro Los palacios nobiliarios de la Nueva España, editado por el propio Seminario en 1994, con prólogo de Elisa Vargaslugo[2]. Es uno de mis tesoros. En él se muestra la preocupación de un mexicano de buena cepa a quien le tocó vivir el período nacionalista mexicano posrevolucionario, durante el cual se despreciaban tenazmente los estilos europeos, con excepción del funcionalismo -recientemente instaurado desde Francia-, en el que, aunque presentaba ventajas por su economía, seguridad y limpieza para resolver el terrible déficit de escuelas, hospitales, mercados y viviendas, también se era insensible a los valores históricos y estéticos de las obras construidas entre los siglos XVI y XIX.
La sensibilidad de Luis Ortiz Macedo se nota desde las primeras líneas del preámbulo del libro citado: “En donde se da cuenta del interés reciente por preservar nuestro patrimonio y de las causas que originaron su destrucción durante las dos últimas centurias”. Este y otros de sus textos dan cuenta de cómo la ciudad de México vio construir el mayor número de edificios suntuarios destinados tanto a las instituciones oficiales como a las fundaciones benéficas y al culto cristiano, así como viviendas dedicadas a la nobleza y a los afortunados, haciendo énfasis en que aunque los espacios no estuvieran destinados a fines relevantes, “poseían la tipología que las hermanaba con las más suntuosas construcciones metropolitanas” por lo que incluso las “casas de habitación colectiva o vecindades, y edificios para la enseñanza, la salud o la hospitalidad, competían con aquellas que realmente fueron destinadas a palacios”. Ortiz Macedo ejemplifica con la cárcel de la Acordada (año 1777) que “ostentaba en su aspecto externo la apariencia de un lujoso e imponente palacio barroco”.
Esos valores, que hoy son reconocidos y protegidos por leyes nacionales y acuerdos internacionales, hace menos de un siglo eran ignorados. Y en ciudades “coloniales” como Oaxaca, a pesar de intentos más o menos exitosos por preservarlos, han sido frecuentemente relegados en aras de la malinterpretada modernidad y la especulación inmobiliaria. Por eso la lucha de Luis Ortiz Macedo y otros de sus contemporáneos por enaltecer esa importante esencia de nuestro mestizaje cultural, fue objeto de reconocimiento en las últimas dos décadas.

Adiós al amigo
El pasado 10 de diciembre, cuando contaba con 80 años de edad, Luis pasó a ocupar su sitial en la memoria eterna. Todos los medios de difusión e instituciones relacionadas con la cultura le dedicaron merecidas apologías. No así en la mayoría de las escuelas de arte y arquitectura, donde la abulia sobre la investigación y la ignorancia “racionalista” reinan, a pesar de que es ahí donde se debería concientizar a los futuros potenciales demoledores del patrimonio edificado, sobre la importancia que tiene nuestro pasado, a fin de salvaguardarlo, así se trate de los grandes monasterios y palacios, o bien las humildes casas vernáculas, en el entendido de que cada obra posee su propia estética y todas ellas fueron erigida -como escribió Luis-, en franca competencia por hacer alarde de belleza y confort, aplicando la estilística de cada lugar y cada época, valores con los que se erige el alma de la arquitectura.
Luis fue director del Instituto Nacional de Antropología e Historia y también del de Bellas Artes. Este último presentó hace dos años, en su Museo Nacional de Arquitectura, una exposición-homenaje mediante la muestra de planos, fotografías y reproducciones de 150 de sus proyectos de restauración.
Destacan los salvamentos que hizo de las plazas de Santo Domingo, Regina Coeli, Loreto, Santa Catarina, Santa Veracruz, jardín de San Fernando, Rotonda de los Hombres Ilustres en el Panteón Civil de Dolores, interior de la antigua Basílica de Guadalupe, alcázar del Castillo de Chapultepec y Palacio de Bellas Artes. En tales espacios se respira la tranquilidad y la dignidad propios del período “colonial”. En años posteriores ha habido intentos por “modernizar” dichos espacios pero gracias a las oportunas intervenciones de los verdaderos y cultos restauradores de este país, se han evitado.
Igualmente conocidas son sus publicaciones en periódicos y revistas, así como de sus 30 libros, siendo los más recordados: 40 siglos de plástica mexicana (1970), El arte del México virreinal (1971), Los monumentos de México (1984), Ernesto Icaza; maestro del ingenuismo mexicano (1985) y La hacienda de San Agustín de las Cuevas (1990).
En una entrevista que realizó Silvia Molina[3] a Ortiz Macedo para el número conmemorativo del 70º aniversario del Seminario de Cultura Mexicana (2012), él cuenta: “Colaboré en varios proyectos con Enrique del Moral, Mario Pani, Ricardo De Robina y Cesar Novoa Magallanes, cuando entonces era director de Obras Portuarias. Viajé por todos los puertos del norte durante dos años. Restauramos la Aduana de Veracruz y el Faro Juárez; eso fue lo que me dio entrada a la restauración. De Robina fue el primero que nos alertó a los estudiantes sobre lo que era esa disciplina y el porqué estaba restaurando entonces, con Mario Pani, la iglesia de Tlatelolco y San Lorenzo en el Centro Histórico de México”… “Formamos el Grupo de Viena, por el restaurante donde nos reuníamos”… Don Juan de la Encina nos daba un discurso semanario en su casa. No sé por qué no se han reeditado sus lecciones, que son maravillosas. Carlos Mijares Bracho, Raúl Enríquez y José Luis Benlliure fueron los más connotados miembros, aparte de los fundadores del Seminario”…
Sobre la incomprensión de ese tema, Luis recuerda su última etapa estudiantil, cuando ya daba clases: “Yo salí de la cátedra porque solicité una beca a la Embajada de Francia ya que entonces no había ningún lugar para estudiar aquí restauración de monumentos”… “Mi madre me había enseñado el francés de chiquito”…”Me mandaron a estudiar con arquitectos de 40, 45, 60 años que estaban esperando a que los nombraran restauradores de monumentos históricos en la provincia”… “Mi tesis la hice a pesar del director de la escuela Ramón Marcos. Yo la quería sobre la salvaguarda del patrimonio monumental del centro histórico y él no aprobó el tema. Entonces la formación de arquitecto era tirar todo y hacer edificios nuevos… ¡el colmo del funcionalismo!”… “Tuve que esperar a que saliera Marcos. Obtuve mención honorífica”.
Luis cuenta cómo le sirvió en Francia el haber aprendido a dimensionar un aula al lado de Pedro Ramírez Vásquez y a medir las cotas en pulgadas y varas, como en los siglos XVIII y XIX, para desarrollar proyectos escolares en aquellas provincias. También reconoció sus habilidades prácticas al lado de los albañiles de la Catedral de Estrasburgo y del Palacio Rohan. Aprendió también a reconstruir edificios bombardeados utilizando concreto cubierto con escayola con apariencia de piedra.
A su regreso a México el gobernador de Guanajuato Torres Landa lo colocó como director de la Escuela de Arquitectura, donde desarrolló  los reglamentos para que no se maltrataran las ciudades virreinales de esa entidad, y también fundó la Escuela de Restauración de Monumentos coordinándose con el entonces director del Plan Guanajuato, Víctor Manuel Villegas.
Luis era Vocal Ejecutivo del Centro Histórico cuando sucedió el terremoto de 1985. Ahí tuvo que realizar, con escasos recursos y a toda velocidad, 236 restauraciones. Entre lo más lamentable estuvieron las muchas vecindades asentadas en edificios antiguos que se perdieron irremisiblemente.

La capilla del Panteón de San Miguel[4]
Con la intención de dar cabida a los personajes ilustres de Oaxaca que están desperdigados en pequeños panteones de todo el estado y al mismo tiempo funcionar como capilla ecuménica, el Seminario propuso la conclusión de la capilla que diseñó el Arq. Francisco de Paula Heredia en 1832 y que desarrolló en planos y maqueta el maestro Francisco Bonequi en 1839, pero que por las vicisitudes políticas se abandonó.
Los concejales municipales de 1839 se habían propuesto “erigir una obra perfecta” en uno de los más bellos panteones de México, aplicando el estilo toscano, la simetría neoclásica y amplios lienzos de cantera verde. Por su parte, el cabildo del municipio de Oaxaca bajo la presidencia del Ing. Carlos Manuel Sada, ofrecieron todo el apoyo posible al proyecto, el cual contaría con el soporte del Seminario de Cultura Mexicana (a cuya delegación se le declaró “huéspedes distinguidos”), del Ing. Alberto Bustamante Vasconcelos (quien entonces pergeñaba una fundación cultural) y la Fundación Banamex (donde Ortiz Macedo fungió como vocal).
El anteproyecto contemplaba, en su primera etapa, limpiar desde el piso hasta las cornisas, cerrar las grietas, consolidar las techumbres, calar los cimientos, reponer algunas piezas de cantera y deducir el sistema constructivo. En la segunda fase, el proyecto podría contemplar una cúpula apoyada sobre un tambor de escasa altura, con transiciones de pechinas. Su forma podría ser esférica o ligeramente peraltada y construirse con concreto ciclópeo o con ladrillo recocido reforzado con nervaduras. Tmbién se pensó en armadura metálica con tejas de zinc, como la del teatro Macedonio Alcalá. En lugar de linternilla estaría rematada por un óculo que permitiera la entrada de lluvia y luz solar. Habría una escultura monumental y cuatro rejas que recordaran la magnificencia del hierro forjado.
Las ideas, por supuesto, surgieron del trabajo conjunto de Ortiz Macedo y Flores Aguillón. Hoy siguen vivas en espera de nuevos promotores. Descansen en paz dichos maestros.

Hoy, parafraseando a Elisa Vargaslugo, concluyo que los trabajos de Luis Ortiz Macedo ofrecen un final feliz, ya que gracias a sus restauraciones de palacios y plazas, se ha consolidado, en gran medida, la identidad cultural del México actual.
(*) Miembro del Seminario de Cultura Mexicana




[1] Octavio Flores Aguillón (1909-2002), arquitecto y maestro en restauración,  fue fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad “Benito Juárez” de Oaxaca, de la Universidad Regional del Sureste y del Colegio de Arquitectos del mismo estado. Funcionario a cargo de la Dirección de Obras Públicas de Oaxaca de 1956 a 1962; de la Casa de la Cultura Oaxaqueña de 1974 a 1977, y del Museo de Oaxaca de 1980 a 1985. Presidente de la corresponsalía en Oaxaca del Seminario de Cultura Mexicana entre 1992 y 1995. Destacó durante el Primer Seminario Regional Latinoamericano de Conservación de Centros Urbanos y Conjuntos Históricos en 1984.
[2] Elisa Vargaslugo Rangel (Pachuca, 1923) es una investigadora y académica especializada en historia del arte, sobre todo el virreinal en la Nueva España. Ha publicado infinidad de textos y recibido múltiples premios, siendo el más reciente el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Hidalgo en 2006.
[3] La licenciada en letras hispánicas Silvia Molina es actual Presidenta Nacional del Seminario de Cultura Mexicana. Narradora, ensayista y editora, ganadora del Premio Xavier Villaurrutia 1977, del Sor Juana Inés de la Cruz 1998 y de la presea “Justo Sierra Méndez, Maestro de América 2013”; fue becaria del Centro Mexicano de Escritores.
[4] Datos tomados de la revista de arquitectura Aurea, No. 2 Año 1, junio de 1994, Oaxaca.

jueves, 11 de julio de 2013


REVISTA ACONTRAGOLPE

EL ARTE AFRICANO REVALORADO

Al igual que con el arte amerindio, los prejuicios centroeuropeos calificaban de primitivas y feas las manifestaciones creativas de cualquier cultura ajena. Sin embargo, hoy las piezas de esas “culturas atrasadas” se cotizan altamente en las galerías de todo el mundo.

Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*

Desde que en el siglo XIX se le llamó “gran dios marciano” a una pintura rupestre del 54,400 a.C. en Tassili, Argelia, las representaciones –realistas o estilizadas- de animales actualmente inexistentes en el continente africano, han sido calificadas de primitivas o de alienígenas, demostrando cierto desprecio hacia los pueblos que las crearon, hasta extenderlo a los que aún las reproducen como parte de su diario vivir.
Ciertamente es muy difícil obtener información sobre la evolución del arte africano, pues prácticamente no hay documentación fehaciente. La situación se agrava por la destrucción que las potencias “civilizadoras” realizaron entre los siglos XVI y XIX, tanto por la imposición de “nuevos y mejores” modelos estéticos, como por la persecución religiosa del “paganismo”.
Además, la ignorancia occidental sobre los fundamentos ontológicos de aquellas obras de arte, impide al crítico superficial explicarse sobre la relación de las formas o colores con las entidades divinas, la representación abstracta del cosmos o de los números, las figuras que ensalzan los valores morales o físicos de cada tribu, la demostración figurativa simplificada de pensamientos complejos y hasta la simple relación entre el hombre y su hábitat. Desgraciadamente, de manera casi automática, se le homologó como “arte negro” a todo lo africano, sin detenerse a estudiar la variedad de costumbres, lenguas, climas, sistemas de creencias, formas de producción, utilidad de los objetos, combinaciones sutiles de materiales y un sinfín de variables que son inherentes a cada obra.
Quizá podamos comprender la arrobadora escultura, dibujo, pintura, mobiliario y música africana, si aceptamos que la persona a la que nosotros llamamos artista, es alguien que se comunica con el numen que le inspira y que por tal razón le hace funcionar como intermediario entre los seres divinos o los espíritus y los entes terrenales como nosotros.
Eso explica que los artesanos africanos adquieran una connotación diferente a la que se la en otros continentes, pues no se dedican a crear piezas mientras están ociosos de sus tareas primarias, sino a perfeccionar su arte desde que son muy jóvenes y reciben las instrucciones de otro artista local, por lo que el motivo central de su vida es llegar a dominar los materiales y las herramientas, realizando piezas que ante los ojos inexpertos se parecen entre sí, pero que, comparadas con las de otras épocas y otros creadores, muestran la suave evolución de las formas y el sello de su creador, sin perder por ello su identidad local.
Incluso es posible aseverar que las obras no tienen, ni pretenden tener, un sello individualista, sino un mensaje social que contiene los valores de la tribu o familia en la que se gesta. Podríamos pensar que el artesano es algo así como un intermediario entre los códigos comunales y los observadores externos, siendo él un elegido para utilizar los medios que hacen posible la creación plástica.
No obstante, desde que detonó el turismo masivo a África y se globalizó el gusto por sus “exóticas” obras, surgió una artesanía semi-industrializada, masificada y carente de mensaje aborigen, pues ante las exigencias del mercado, ya no resulta importante saber en qué tribu o en qué país se elabora cada cosa, pues esa vulgarización permite manufacturar “arte africano” en los centros maquiladores mundiales.
Una pieza auténtica, forzosamente tiene un alto valor y también un alto precio, pues el creador debe “purificarse” e incluso consumar sacrificios –reales o simbólicos-, acompañado de sus rústicas herramientas, y pasar mucho tiempo recolectando conchas, cuentas, clavos, plumas y todo lo que su inspiración les dicte, elaborando sus propios tintes cuando es necesario o incorporando cautelosamente productos modernos. Esa es la razón por la que desde el siglo XIX han prosperado vías de tráfico de “arte negro legítimo”, con el fin de enriquecer las colecciones de los museos, galerías y universidades, en una cadena en la que todos ganan mucho dinero y prestigio, excepto los artesanos... o su gran mayoría.
Ha sido en los últimos 30 años cuando algunos editores, críticos de arte e instituciones culturales, han sacado a flote a notables artistas, cuyos méritos son innegables, y que se han convertido en la punta de lanza para la reivindicación de esas manifestaciones. Destacan los nigerianos Ashira Olatunde y Prince-Twins-Seven-Seven, éste último nombrado “Artista por la paz” en 2005 por la UNESCO, con esculturas, pinturas, poemas y composiciones musicales que han dado la vuelta al mundo gracias al internet.
Otros brillantes creadores son los artesanos de Ghana, Eric Adjetey Anang y de Zimbawe, Nicholas Mukomberanwa, así como el fotógrafo nigeriano Bamako.
La producción de esos y otros artistas altamente cotizados, así como la de miles de creadores anónimos, demuestra que el arte africano tiene su propia dinámica, sin dependencia de influencias europeas, por lo menos hasta mediados del siglo pasado. Por ello, sus manifestaciones son tan válidas y actuales como las de cualquier otra producción artística del mundo, y cualquier comparación resulta ociosa pues no cabe el calificativo de “atrasado” a algo que tiene su propia vida, sus propias raíces y sus propios resultados.
La fuerza expresiva y limpieza de contaminantes culturales, indujo a reconocidos artistas occidentales a beber en ese inmenso manantial creativo. De los más conocidos fue Paul Cezanne, quien acuñó la definición “la simplicidad geométrica es el arte africano”, afirmando haber encontrado ahí la respuesta que por años buscó sobre la síntesis más extrema, y al mismo tiempo la más sobresaliente.
También a principios del siglo XX, Henri Matisse y los seguidores de la corriente fauvista, tomaron del color africano el ímpetu que revolucionó la cromática europea. Sin embargo, cabe decir que para los africanos, el color superpuesto a sus piezas no es tan importante como en el resto del mundo: ellos aceptan el color como algo inherente a sus materias primas, es decir, cada cosa ya tiene su color natural.
El pintor y escenógrafo francés André Derain, durante una exposición de “arte exótico” en Londres, en 1906, declaró haber encontrado la expresión más cautivadora de cuantas hubiese visto.
Por su parte, Amedeo Modigliani, el pintor y escultor italiano que revolucionó la forma de pintar el cuerpo humano, confesó haberse inspirado en las alargadas figuras generadas por las etnias fang, ibo y baulé, del África subsahariana.
El maestro francés del collage, George Braque, externó siempre su admiración a la suprema abstracción de que han sido capaces los artesanos africanos para exponer, en una máscara, todo un universo expresivo, el cual sería desarrollado años después, por el resto del mundo. El ejemplo más conocido fue Picasso, quien geometrizó los motivos pintados, hasta lograr, compenetrándose del alma del arte negro, transmitir mensajes emocionales en cada forma, aún cuando el parecido con el original resultara inexistente. De esa forma pudo plasmar varios planos, incluyendo los internos de cada cosa o persona, dando como resultado el cubismo, un arte muy adelantado, equivalente a la física relativista de principios de siglo XX.
Por otra parte, la apreciación del tema abordado, ha tropezado con los estereotipos occidentales que lo califican de “exótico”. Así, una vulva, o un vientre abultado deben ser explicados para entender la estética de la fecundidad. Igualmente, los ojos hundidos pueden representar la sabiduría o la muerte, según la intención de la oquedad; una posición arrodillada reflejaría sumisión o quizá actividad sedente; las exageraciones sobrepuestas a las máscaras permitirían identificar los poderes o dones del chamán, o la vinculación entre el alma humana y su correspondiente espíritu animal; y, en muchas ocasiones, el objeto artístico capturaría el poder o el espíritu de una persona, ya sea viva o muerta, o alguna virtud zoológica rescatable para el hombre, o bien, tendría funciones de talismán, quizá asociado a los ancestros o a los elementos más representativos de su entorno natural.
El uso que se les da a los muebles tallados en madera, también es motivo de asombro, como los decoradísimos reposa-cabezas de la República Democrática del Congo, que sirven para evitar que los sofisticados peinados se estropeen al dormir. Otro caso antológico es el de los taburetes (traducción forzada) que son al mismo tiempo bancos, mesitas o basamentos, y que se heredan por generaciones, y que se viaja con ellos por resultar imprescindibles para su vida cotidiana; llevan postes antropo o zoomorfos y muestran orgullosos las cicatrices de los años, sin ser barnizados ni retocados jamás; son tan importantes, que el robo de un taburete equivale a una declaración de guerra.
El hipnotismo de esas obras -a las que nosotros llamamos “arte africano”- ha propiciado un éxito rotundo a la reciente exposición del Museo Guggenheim de Bilbao titulada 100% Africa, patrocinada por el filántropo Jean Pigozzi, quien tomó la idea de adquirir una inmensa cantidad de piezas, después de acudir a la Expo Magiciens de la Terre, montada en el Centro George Pompidou de París.
En la actualidad todas las capitales nacionales tienen por lo menos una sección africana en sus principales museos, especialmente los de países desarrollados, entre los que prevalece una curiosa competencia por poseer las piezas más antiguas o más extrañas.
En la propia África, su producción artesanal ha sido revalorada como Arte y han surgido muchas iniciativas para su preservación cultural y su desarrollo conjunto a las nuevas tecnologías, como la Fundación Sindaka Dokolo, con sede en Luanda, capital de Angola.
Para los africanos autóctonos, el utilizar una de esas piezas, les hace ser ellos mismos y el valor material del objeto es muy inferior al valor estimativo de su propia identidad.
Para nosotros, en cambio, admirar una obra de arte negro constituye un reto lúdico y, en ocasiones, una codiciosa oportunidad de hacer negocio.


* Miembro del Seminario de Cultura Mexicana

Egeria la monja viajera

REVISTA ACONTRAGOLPE JULIO 2013

La Monja del Fin del Mundo

Durante el último destello del Imperio Romano, en el siglo IV d.C., la audaz Egeria recorrió el peligroso mundo civilizado de entonces, el cual comenzaba al poniente en la península ibérica (hoy España y Portugal) y terminaba en el Medio Oriente, en una frontera difusa de Mesopotamia, más allá de los ríos Tigris y Éufrates (hoy Irak e Irak). Sus relatos aún nos emocionan.

Por Prometeo A. Sánchez Islas (*)

Cuando uno viaja, la imaginación se despierta.
Más allá de conocer las fechas, los personajes y los sucesos importantes de cada lugar, las ilusiones y las fantasías que se gestan en la mente del viajero, llenan de color, peripecias ¡y hasta de utopías! los relatos que después compartirá con su audiencia.
De ahí surge la propensión a no creerle a los trotamundos todo lo que cuentan, pues no se sabe cuándo exageran un acontecimiento o modifican los hechos para presentarlos como leyendas, consejas, aventuras o poemas épicos, en los que muchas veces dicho viajero es el principal protagonista o el testigo privilegiado.
Pero aunque eso es un terrible inconveniente para los historiadores, a los mortales comunes nos encanta, fomentando así  las versiones noveladas. Es así que les “damos cuerda” a los narradores, para que nos diviertan y nos ilustren a un tiempo.
En ese tenor, Marco Polo, el veneciano que hizo dos célebres y dilatados viajes a China; Heródoto, que cubrió los mundos helénico y persa cinco siglos antes de Cristo; Cristóbal Colón, que se tropezó con América al buscar la India; o Ryszard Kapuscinski, quien reportó periodísticamente las guerras y golpes de estado de cuatro continentes en el siglo XX; todos son ejemplos de viajeros que nos han emocionado hasta las lágrimas, y nos han motivado a explorar más allá de nuestro cotidiano reducto, gracias sus narraciones inolvidables.
Ahora bien, puede ser que a estos y a otros andarines no les creamos del todo, sobre todo si hay carga ideológica en juego, pero gracias a la inagotable curiosidad humana siempre querremos saber más, especialmente si el relato está bien condimentado.

La ruta de Egeria
Según el libro que ella redactó titulado Itinerarium ad Loca Sancta[1], entre los años 381 y 384 partió de su natal región de Gallaecia (actual Galicia en España) con rumbo a Tierra Santa, para cumplir sus expectativas -fuertemente espirituales- de adorar la tierra que pisó Jesucristo.
Sin precisar el punto exacto de origen de su periplo, ella describe el sur de Galia (hoy Francia) y su cruce de la Toscana (norte de Italia) para llegar a un puerto del Mar Adriático y embarcarse con rumbo a Constantinopla (hoy Estambul en Turquía). Sus pasos la llevan a Cafarnaúm, Nazaret, Jericó, Hebrón, el Monte Nebo y, desde luego, Jerusalén, todos ellos lugares mencionados en la Biblia y ubicados en el actual Estado de Israel. Lo anterior le llevó poco más de un año, ya que de detuvo en otros lugares “santos” de las regiones de Galilea y Samaria.
A continuación enfiló hacia Egipto, donde conoció Alejandría, las pirámides de Guiza y Tebas, retornando hacia el norte por el Mar Rojo y la península del Sinaí, en una ruta de varios miles de kilómetros que le ocupan aproximadamente otro año.
En su andar, pasó por Siria y el centro de la península de Anatolia (hoy Turquía) para girar hacia el oriente rumbo a Mesopotamia donde navegó sobre el río Éufrates, fuente de los famosos jardines colgantes de Babilonia. Esta fértil zona, tanto en lo agropecuario como en lo cultural, le ocupa otro año antes de regresar a Jerusalén. Aquí decide regresar a su natal Gallaecia, lo cual hace, para retornar poco después  a visitar Edesa, Tarso (tierra de San Pablo) y Bitinia, todas en la actual Turquía, aunque la primera muy al sur, colindante con el Imperio Salyúcida (antiguo Irak) y la última muy al norte, junto al Mar Negro, de donde finalmente regresa a Constantinopla. En esta ciudad escribe los últimos folios conocidos de su diario, en los que expresa su intención de conocer Éfeso, la comunidad donde murió la Virgen María.
Un año después de concluir su segundo viaje, Egeria fallece en Tracia (hoy Bulgaria) el 14 de septiembre de 385, después de valerse de sus famosas aguas medicinales. Su cuerpo fue transportado a Constantinopla para su descanso eterno.

Relatos encantadores
La “monja gallega” describió cuidadosamente los templos, eremitorios y emplazamientos bíblicos, enfatizando que realizó meditaciones y lecturas de fragmentos sagrados relacionados con cada lugar en el que vió cumplido su deseo de estar.
Su fe le llevó a reseñar conmovedores relatos sobre algunas reliquias y lugares citados en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. De esa forma, compartió sus vivencias ante la locación “rocosa donde Moisés fragmentó las Tablas de la Ley” obsequiadas por Jehová y también ante “el horno en el que los israelitas fundieron la imagen del becerro de oro”.
Muy cerca, en el Monte Horeb, fue testigo de cómo la zarza ardiente mediante la cual Dios se comunicó con Moisés, “aún seguía inflamada y gestándole nuevos brotes”. Y en la Fortaleza Antonia, visitó y tocó la columna en la que ataron y azotaron a Jesús, afirmando que “aún conservaba marcas dejadas por el cuerpo de Nuestro Señor”.
Otro asunto que conmociona es leer en el diario de Egeria que, de paso por la ciudad de Edesa, contempló las cartas que intercambiaron Cristo y el rey Abgar[2], de las que “hizo una copia que conservó como reliquia”. Por cierto, a tales “cartas” se les atribuía la gracia de haber salvado a Edesa de una invasión persas pocos años antes.
Sobre Nazaret, Egeria “vio una gran y muy espléndida gruta en la que vivió María y en la que se ubicó un altar”, que seguramente corresponde con la oquedad que se resguarda bajo la actual Basílica de la Anunciación, en la que se dice que el arcángel Gabriel le anunció a María su destino.
El Itinerarium también resulta interesante porque ahí Egeria describe detalladamente las costumbres y los rituales de cada lugar. Resulta curioso que, aunque estuvo durante el mes de diciembre en Tierra Santa, no menciona para nada la Natividad, pero sí la Epifanía, lo que corrobora el hecho de que en los años del cristianismo primitivo, las Navidades aún no se establecían. Lo que sí detalló con precisión fueron las acciones litúrgicas celebradas en Jerusalén a lo largo de la Semana de la Pasión de Cristo.
Otra virtud de su libro es que fue escrito en latín vulgar, lo que permitió recoger en su forma original, los modismos gramaticales tanto de Gallaecia como de las regiones visitadas: un tesoro para los filólogos.

Cómo lo hizo
Egeria se describía a sí misma como “mujer de profunda religiosidad, pero también de ilimitada curiosidad”. Los investigadores afirman que pertenecía a la nobleza romana y que poseía una envidiable cultura. Se sospecha que era pariente de Aelia Flacilia, primera esposa de Teodosio El Grande[3], lo que le permitía no sólo poseer recursos suficientes para un par de viajes tan extensos, sino el acceso a sitios que hoy llamaríamos “diplomáticos” para sus estancias, ya que no existían los hoteles, y a localidades ubicadas en zonas bajo conflicto militar, como el Sinaí, donde fue acompañada por una nutrida escolta de soldados romanos.
En su trayecto viajó lo mismo a pie que a lomos de camello y de caballo. También utilizó barcos grandes y pequeños para los tramos acuáticos.
No tuvo compañía femenina, aunque menciona haber conocido en Jerusalén a Martana, diaconisa de Selencia. Respecto a sus compañeros de aventura, los califica de “santos y ascetas de gran virtud”.

¿Era monja?
Egeria, también llamada Eteria, Ætheria, Etheria, Arteria o Geria, vivió en el siglo IV d.C., seis centurias antes de que establecieran las órdenes católicas femeninas. Pertenecía a una familia acomodada galaico-romana, influida por los relatos de otros viajeros que se habían atrevido a visitar los suelos que pisó el fundador de la fe cristiana.
Por su acendrado misticismo y su comportamiento ejemplar, las tradiciones locales la “elevaron” popularmente al rango de “monja”, razón por la que en Galicia se le aplican los apelativos de “monja gallega” o “superiora de un convento gallego”. Lo cierto es que en aquellos años se le llamaba “convento” a las asambleas romanas, que eran instituciones para la impartición de la justicia y que no tenían nada que ver con la religión que estaba por expandirse al resto del mundo.
De cualquier forma, la cultura, audacia y valentía de Egeria, la colocan en el pedestal de los grandes viajeros y en la lista de los principales promotores de la fe durante los orígenes del cristianismo.
¿Qué sus textos tuvieron tanto de imaginación como de realidad?... ¡Eso no importa! Egeria nunca pretendió ser historiadora sino, con un sentido más humanístico, compartir con el mundo las maravillas que conoció, sin restarle emoción a sus descripciones, convencida de que así fue como lo sintió.


(*) Miembro del Seminario de Cultura Mexicana




[1] Itinerario a Lugares Santos, redactado en forma de diario de viaje.
[2] Según la leyenda, Abgar, rey de Edesa (hoy Urfa en Turquía), escribió a Jesús para solicitar su milagrosa intervención ante dos enfermedades que lo aquejaban, quien le hizo saber que estaba muy ocupado con su misión terrenal, pero cuando subiera a los cielos le enviaría un mensaje. Poco después,  Tadeo el apóstol le llevó una carta de Jesús, con la recomendación de que la guardara mientras quisiera seguir en buena salud, lo que se cumplió cabalmente.
[3] Emperador Romano en Oriente de 378 a 392 d.C. Originario de Cauca (hoy Segovia, España). Su primera esposa, Aelia Flacilia era de origen gallego, es decir, paisana de Egeria.