El legado del
arquitecto Luis Ortiz Macedo
Durante la época del “funcionalismo rabioso”, este
inteligente y discreto arquitecto defendió la arquitectura novohispana y obligó
a muchos a revalorarla, evitando que se demolieran más templos, conventos,
casonas y plazas con el argumento de que la modernidad debía sobreponerse a los
patrones coloniales, especialmente los españoles. Falleció el mes pasado.
Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*
Siempre
que voy al venerable panteón de San Miguel en Oaxaca, donde descansa mi padre
Néstor, recuerdo a dos colegas de gran valía, quienes pudieron haber dejado una
huella imperecedera en Oaxaca mediante la conclusión de la capilla, hoy
ruinosa, ubicada en medio del hermoso patio neoclásico. Me refiero a Luis Ortiz
Macedo y a Octavio Flores Aguillón[1],
el primero oriundo de la ciudad de México y el segundo de Ejutla, Oaxaca, Ambos
restauradores, funcionarios públicos, profesores e idealistas. También, ambos,
miembros respetables del Seminario de Cultura Mexicana, quienes, siguiendo la
tradición, presentaron ante su asamblea los resultados de sus trabajos y
pesquisas como si de exámenes de posgrado se tratara, con la seriedad del
investigador pero también con el toque de fino humor que la amistad consiente.
Octavio
me presentó con Luis como parte de la invitación a formar parte de tan
distinguido grupo. Y Luis, varios años después, me obsequió su libro Los palacios nobiliarios de la Nueva España,
editado por el propio Seminario en 1994, con prólogo de Elisa Vargaslugo[2].
Es uno de mis tesoros. En él se muestra la preocupación de un mexicano de buena
cepa a quien le tocó vivir el período nacionalista mexicano posrevolucionario, durante
el cual se despreciaban tenazmente los estilos europeos, con excepción del funcionalismo -recientemente instaurado
desde Francia-, en el que, aunque presentaba ventajas por su economía,
seguridad y limpieza para resolver el terrible déficit de escuelas, hospitales,
mercados y viviendas, también se era insensible a los valores históricos y
estéticos de las obras construidas entre los siglos XVI y XIX.
La
sensibilidad de Luis Ortiz Macedo se nota desde las primeras líneas del
preámbulo del libro citado: “En donde se da cuenta del interés reciente por
preservar nuestro patrimonio y de las causas que originaron su destrucción
durante las dos últimas centurias”. Este y otros de sus textos dan cuenta de
cómo la ciudad de México vio construir el mayor número de edificios suntuarios
destinados tanto a las instituciones oficiales como a las fundaciones benéficas
y al culto cristiano, así como viviendas dedicadas a la nobleza y a los
afortunados, haciendo énfasis en que aunque los espacios no estuvieran
destinados a fines relevantes, “poseían la tipología que las hermanaba con las
más suntuosas construcciones metropolitanas” por lo que incluso las “casas de
habitación colectiva o vecindades, y edificios para la enseñanza, la salud o la
hospitalidad, competían con aquellas que realmente fueron destinadas a
palacios”. Ortiz Macedo ejemplifica con la cárcel de la Acordada (año 1777) que
“ostentaba en su aspecto externo la apariencia de un lujoso e imponente palacio
barroco”.
Esos
valores, que hoy son reconocidos y protegidos por leyes nacionales y acuerdos
internacionales, hace menos de un siglo eran ignorados. Y en ciudades
“coloniales” como Oaxaca, a pesar de intentos más o menos exitosos por
preservarlos, han sido frecuentemente relegados en aras de la malinterpretada
modernidad y la especulación inmobiliaria. Por eso la lucha de Luis Ortiz
Macedo y otros de sus contemporáneos por enaltecer esa importante esencia de
nuestro mestizaje cultural, fue objeto de reconocimiento en las últimas dos
décadas.
Adiós al amigo
El
pasado 10 de diciembre, cuando contaba con 80 años de edad, Luis pasó a ocupar
su sitial en la memoria eterna. Todos los medios de difusión e instituciones
relacionadas con la cultura le dedicaron merecidas apologías. No así en la
mayoría de las escuelas de arte y arquitectura, donde la abulia sobre la
investigación y la ignorancia “racionalista” reinan, a pesar de que es ahí
donde se debería concientizar a los futuros potenciales demoledores del
patrimonio edificado, sobre la importancia que tiene nuestro pasado, a fin de
salvaguardarlo, así se trate de los grandes monasterios y palacios, o bien las
humildes casas vernáculas, en el entendido de que cada obra posee su propia
estética y todas ellas fueron erigida -como escribió Luis-, en franca competencia
por hacer alarde de belleza y confort, aplicando la estilística de cada lugar y
cada época, valores con los que se erige el alma de la arquitectura.
Luis
fue director del Instituto Nacional de Antropología e Historia y también del de
Bellas Artes. Este último presentó hace dos años, en su Museo Nacional de Arquitectura,
una exposición-homenaje mediante la muestra de planos, fotografías y
reproducciones de 150 de sus proyectos de restauración.
Destacan
los salvamentos que hizo de las plazas de Santo Domingo, Regina Coeli, Loreto,
Santa Catarina, Santa Veracruz, jardín de San Fernando, Rotonda de los Hombres
Ilustres en el Panteón Civil de Dolores, interior de la antigua Basílica de
Guadalupe, alcázar del Castillo de Chapultepec y Palacio de Bellas Artes. En
tales espacios se respira la tranquilidad y la dignidad propios del período
“colonial”. En años posteriores ha habido intentos por “modernizar” dichos
espacios pero gracias a las oportunas intervenciones de los verdaderos y cultos
restauradores de este país, se han evitado.
Igualmente
conocidas son sus publicaciones en periódicos y revistas, así como de sus 30
libros, siendo los más recordados: 40
siglos de plástica mexicana (1970), El
arte del México virreinal (1971), Los
monumentos de México (1984), Ernesto
Icaza; maestro del ingenuismo mexicano (1985) y La hacienda de San Agustín de las Cuevas (1990).
En
una entrevista que realizó Silvia Molina[3] a
Ortiz Macedo para el número conmemorativo del 70º aniversario del Seminario de
Cultura Mexicana (2012), él cuenta: “Colaboré en varios proyectos con Enrique del
Moral, Mario Pani, Ricardo De Robina y Cesar Novoa Magallanes, cuando entonces
era director de Obras Portuarias. Viajé por todos los puertos del norte durante
dos años. Restauramos la Aduana de Veracruz y el Faro Juárez; eso fue lo que me
dio entrada a la restauración. De Robina fue el primero que nos alertó a los
estudiantes sobre lo que era esa disciplina y el porqué estaba restaurando
entonces, con Mario Pani, la iglesia de Tlatelolco y San Lorenzo en el Centro
Histórico de México”… “Formamos el Grupo
de Viena, por el restaurante donde nos reuníamos”… Don Juan de la Encina
nos daba un discurso semanario en su casa. No sé por qué no se han reeditado
sus lecciones, que son maravillosas. Carlos Mijares Bracho, Raúl Enríquez y
José Luis Benlliure fueron los más connotados miembros, aparte de los
fundadores del Seminario”…
Sobre
la incomprensión de ese tema, Luis recuerda su última etapa estudiantil, cuando
ya daba clases: “Yo salí de la cátedra porque solicité una beca a la Embajada
de Francia ya que entonces no había ningún lugar para estudiar aquí
restauración de monumentos”… “Mi madre me había enseñado el francés de
chiquito”…”Me mandaron a estudiar con arquitectos de 40, 45, 60 años que
estaban esperando a que los nombraran restauradores de monumentos históricos en
la provincia”… “Mi tesis la hice a pesar del director de la escuela Ramón
Marcos. Yo la quería sobre la salvaguarda del patrimonio monumental del centro
histórico y él no aprobó el tema. Entonces la formación de arquitecto era tirar
todo y hacer edificios nuevos… ¡el colmo del funcionalismo!”… “Tuve que esperar
a que saliera Marcos. Obtuve mención honorífica”.
Luis
cuenta cómo le sirvió en Francia el haber aprendido a dimensionar un aula al lado
de Pedro Ramírez Vásquez y a medir las cotas en pulgadas y varas, como en los
siglos XVIII y XIX, para desarrollar proyectos escolares en aquellas
provincias. También reconoció sus habilidades prácticas al lado de los
albañiles de la Catedral de Estrasburgo y del Palacio Rohan. Aprendió también a
reconstruir edificios bombardeados utilizando concreto cubierto con escayola
con apariencia de piedra.
A
su regreso a México el gobernador de Guanajuato Torres Landa lo colocó como
director de la Escuela de Arquitectura, donde desarrolló los reglamentos para que no se maltrataran
las ciudades virreinales de esa entidad, y también fundó la Escuela de
Restauración de Monumentos coordinándose con el entonces director del Plan Guanajuato, Víctor Manuel Villegas.
Luis
era Vocal Ejecutivo del Centro Histórico cuando sucedió el terremoto de 1985.
Ahí tuvo que realizar, con escasos recursos y a toda velocidad, 236
restauraciones. Entre lo más lamentable estuvieron las muchas vecindades asentadas
en edificios antiguos que se perdieron irremisiblemente.
La capilla del
Panteón de San Miguel[4]
Con
la intención de dar cabida a los personajes ilustres de Oaxaca que están
desperdigados en pequeños panteones de todo el estado y al mismo tiempo funcionar
como capilla ecuménica, el Seminario propuso la conclusión de la capilla que
diseñó el Arq. Francisco de Paula Heredia en 1832 y que desarrolló en planos y
maqueta el maestro Francisco Bonequi en 1839, pero que por las vicisitudes
políticas se abandonó.
Los
concejales municipales de 1839 se habían propuesto “erigir una obra perfecta”
en uno de los más bellos panteones de México, aplicando el estilo toscano, la simetría
neoclásica y amplios lienzos de cantera verde. Por su parte, el cabildo del
municipio de Oaxaca bajo la presidencia del Ing. Carlos Manuel Sada, ofrecieron
todo el apoyo posible al proyecto, el cual contaría con el soporte del
Seminario de Cultura Mexicana (a cuya delegación se le declaró “huéspedes
distinguidos”), del Ing. Alberto Bustamante Vasconcelos (quien entonces
pergeñaba una fundación cultural) y la Fundación Banamex (donde Ortiz Macedo
fungió como vocal).
El
anteproyecto contemplaba, en su primera etapa, limpiar desde el piso hasta las
cornisas, cerrar las grietas, consolidar las techumbres, calar los cimientos,
reponer algunas piezas de cantera y deducir el sistema constructivo. En la
segunda fase, el proyecto podría contemplar una cúpula apoyada sobre un tambor
de escasa altura, con transiciones de pechinas. Su forma podría ser esférica o
ligeramente peraltada y construirse con concreto ciclópeo o con ladrillo
recocido reforzado con nervaduras. Tmbién se pensó en armadura metálica con
tejas de zinc, como la del teatro Macedonio Alcalá. En lugar de linternilla
estaría rematada por un óculo que permitiera la entrada de lluvia y luz solar.
Habría una escultura monumental y cuatro rejas que recordaran la magnificencia
del hierro forjado.
Las
ideas, por supuesto, surgieron del trabajo conjunto de Ortiz Macedo y Flores
Aguillón. Hoy siguen vivas en espera de nuevos promotores. Descansen en paz
dichos maestros.
Hoy,
parafraseando a Elisa Vargaslugo, concluyo que los trabajos de Luis Ortiz
Macedo ofrecen un final feliz, ya que gracias a sus restauraciones de palacios
y plazas, se ha consolidado, en gran medida, la identidad cultural del México
actual.
(*) Miembro del
Seminario de Cultura Mexicana
[1]
Octavio Flores Aguillón (1909-2002), arquitecto y maestro en restauración, fue fundador de la Escuela de Arquitectura de
la Universidad “Benito Juárez” de Oaxaca, de la Universidad Regional del
Sureste y del Colegio de Arquitectos del mismo estado. Funcionario a cargo de
la Dirección de Obras Públicas de Oaxaca de 1956 a 1962; de la Casa de la
Cultura Oaxaqueña de 1974 a 1977, y del Museo de Oaxaca de 1980 a 1985.
Presidente de la corresponsalía en Oaxaca del Seminario de Cultura Mexicana
entre 1992 y 1995. Destacó durante el Primer Seminario Regional Latinoamericano
de Conservación de Centros Urbanos y Conjuntos Históricos en 1984.
[2]
Elisa Vargaslugo Rangel (Pachuca, 1923) es una investigadora y académica
especializada en historia del arte, sobre todo el virreinal en la Nueva España.
Ha publicado infinidad de textos y recibido múltiples premios, siendo el más
reciente el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Hidalgo en
2006.
[3] La
licenciada en letras hispánicas Silvia Molina es actual Presidenta Nacional del
Seminario de Cultura Mexicana. Narradora, ensayista y editora, ganadora del
Premio Xavier Villaurrutia 1977, del Sor Juana Inés de la Cruz 1998 y de la
presea “Justo Sierra Méndez, Maestro de América 2013”; fue becaria del Centro
Mexicano de Escritores.
[4]
Datos tomados de la revista de arquitectura Aurea,
No. 2 Año 1, junio de 1994, Oaxaca.
