REVISTA ACONTRAGOLPE
JULIO 2013
La Monja del Fin
del Mundo
Durante el
último destello del Imperio Romano, en el siglo IV d.C., la audaz Egeria
recorrió el peligroso mundo civilizado
de entonces, el cual comenzaba al poniente en la península ibérica (hoy España y
Portugal) y terminaba en el Medio Oriente, en una frontera difusa de
Mesopotamia, más allá de los ríos Tigris y Éufrates (hoy Irak e Irak). Sus
relatos aún nos emocionan.
Por Prometeo A. Sánchez Islas (*)
Cuando
uno viaja, la imaginación se despierta.
Más
allá de conocer las fechas, los personajes y los sucesos importantes de cada
lugar, las ilusiones y las fantasías que se gestan en la mente del viajero,
llenan de color, peripecias ¡y hasta de utopías! los relatos que después
compartirá con su audiencia.
De
ahí surge la propensión a no creerle a los trotamundos todo lo que cuentan,
pues no se sabe cuándo exageran un acontecimiento o modifican los hechos para
presentarlos como leyendas, consejas, aventuras o poemas épicos, en los que
muchas veces dicho viajero es el principal protagonista o el testigo
privilegiado.
Pero
aunque eso es un terrible inconveniente para los historiadores, a los mortales
comunes nos encanta, fomentando así las
versiones noveladas. Es así que les “damos cuerda” a los narradores, para que
nos diviertan y nos ilustren a un tiempo.
En
ese tenor, Marco Polo, el veneciano que hizo dos célebres y dilatados viajes a
China; Heródoto, que cubrió los mundos helénico y persa cinco siglos antes de
Cristo; Cristóbal Colón, que se tropezó con América al buscar la India; o Ryszard
Kapuscinski, quien reportó periodísticamente las guerras y golpes de estado de
cuatro continentes en el siglo XX; todos son ejemplos de viajeros que nos han
emocionado hasta las lágrimas, y nos han motivado a explorar más allá de
nuestro cotidiano reducto, gracias sus narraciones inolvidables.
Ahora
bien, puede ser que a estos y a otros andarines no les creamos del todo, sobre
todo si hay carga ideológica en juego, pero gracias a la inagotable curiosidad
humana siempre querremos saber más, especialmente si el relato está bien
condimentado.
La ruta de
Egeria
Según
el libro que ella redactó titulado Itinerarium
ad Loca Sancta[1],
entre los años 381 y 384 partió de su natal región de Gallaecia (actual Galicia
en España) con rumbo a Tierra Santa, para cumplir sus expectativas -fuertemente
espirituales- de adorar la tierra que pisó Jesucristo.
Sin
precisar el punto exacto de origen de su periplo, ella describe el sur de Galia
(hoy Francia) y su cruce de la Toscana (norte de Italia) para llegar a un
puerto del Mar Adriático y embarcarse con rumbo a Constantinopla (hoy Estambul
en Turquía). Sus pasos la llevan a Cafarnaúm, Nazaret, Jericó, Hebrón, el Monte
Nebo y, desde luego, Jerusalén, todos ellos lugares mencionados en la Biblia y
ubicados en el actual Estado de Israel. Lo anterior le llevó poco más de un año,
ya que de detuvo en otros lugares “santos” de las regiones de Galilea y Samaria.
A
continuación enfiló hacia Egipto, donde conoció Alejandría, las pirámides de
Guiza y Tebas, retornando hacia el norte por el Mar Rojo y la península del
Sinaí, en una ruta de varios miles de kilómetros que le ocupan aproximadamente
otro año.
En
su andar, pasó por Siria y el centro de la península de Anatolia (hoy Turquía)
para girar hacia el oriente rumbo a Mesopotamia donde navegó sobre el río
Éufrates, fuente de los famosos jardines colgantes de Babilonia. Esta fértil
zona, tanto en lo agropecuario como en lo cultural, le ocupa otro año antes de
regresar a Jerusalén. Aquí decide regresar a su natal Gallaecia, lo cual hace,
para retornar poco después a visitar Edesa,
Tarso (tierra de San Pablo) y Bitinia, todas en la actual Turquía, aunque la
primera muy al sur, colindante con el Imperio Salyúcida (antiguo Irak) y la
última muy al norte, junto al Mar Negro, de donde finalmente regresa a
Constantinopla. En esta ciudad escribe los últimos folios conocidos de su
diario, en los que expresa su intención de conocer Éfeso, la comunidad donde
murió la Virgen María.
Un
año después de concluir su segundo viaje, Egeria fallece en Tracia (hoy
Bulgaria) el 14 de septiembre de 385, después de valerse de sus famosas aguas
medicinales. Su cuerpo fue transportado a Constantinopla para su descanso
eterno.
Relatos
encantadores
La
“monja gallega” describió cuidadosamente los templos, eremitorios y
emplazamientos bíblicos, enfatizando que realizó meditaciones y lecturas de
fragmentos sagrados relacionados con cada lugar en el que vió cumplido su deseo
de estar.
Su
fe le llevó a reseñar conmovedores relatos sobre algunas reliquias y lugares
citados en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. De esa forma, compartió sus
vivencias ante la locación “rocosa donde Moisés fragmentó las Tablas de la Ley”
obsequiadas por Jehová y también ante “el horno en el que los israelitas
fundieron la imagen del becerro de oro”.
Muy
cerca, en el Monte Horeb, fue testigo de cómo la zarza ardiente mediante la
cual Dios se comunicó con Moisés, “aún seguía inflamada y gestándole nuevos
brotes”. Y en la Fortaleza Antonia, visitó y tocó la columna en la que ataron y
azotaron a Jesús, afirmando que “aún conservaba marcas dejadas por el cuerpo de
Nuestro Señor”.
Otro
asunto que conmociona es leer en el diario de Egeria que, de paso por la ciudad
de Edesa, contempló las cartas que intercambiaron Cristo y el rey Abgar[2],
de las que “hizo una copia que conservó como reliquia”. Por cierto, a tales
“cartas” se les atribuía la gracia de haber salvado a Edesa de una invasión
persas pocos años antes.
Sobre
Nazaret, Egeria “vio una gran y muy espléndida gruta en la que vivió María y en
la que se ubicó un altar”, que seguramente corresponde con la oquedad que se
resguarda bajo la actual Basílica de la Anunciación, en la que se dice que el
arcángel Gabriel le anunció a María su destino.
El
Itinerarium también resulta
interesante porque ahí Egeria describe detalladamente las costumbres y los
rituales de cada lugar. Resulta curioso que, aunque estuvo durante el mes de
diciembre en Tierra Santa, no menciona para nada la Natividad, pero sí la
Epifanía, lo que corrobora el hecho de que en los años del cristianismo
primitivo, las Navidades aún no se establecían. Lo que sí detalló con precisión
fueron las acciones litúrgicas celebradas en Jerusalén a lo largo de la Semana
de la Pasión de Cristo.
Otra
virtud de su libro es que fue escrito en latín vulgar, lo que permitió recoger
en su forma original, los modismos gramaticales tanto de Gallaecia como de las
regiones visitadas: un tesoro para los filólogos.
Cómo lo hizo
Egeria
se describía a sí misma como “mujer de profunda religiosidad, pero también de
ilimitada curiosidad”. Los investigadores afirman que pertenecía a la nobleza
romana y que poseía una envidiable cultura. Se sospecha que era pariente de
Aelia Flacilia, primera esposa de Teodosio El Grande[3],
lo que le permitía no sólo poseer recursos suficientes para un par de viajes
tan extensos, sino el acceso a sitios que hoy llamaríamos “diplomáticos” para
sus estancias, ya que no existían los hoteles, y a localidades ubicadas en
zonas bajo conflicto militar, como el Sinaí, donde fue acompañada por una
nutrida escolta de soldados romanos.
En
su trayecto viajó lo mismo a pie que a lomos de camello y de caballo. También
utilizó barcos grandes y pequeños para los tramos acuáticos.
No
tuvo compañía femenina, aunque menciona haber conocido en Jerusalén a Martana,
diaconisa de Selencia. Respecto a sus compañeros de aventura, los califica de
“santos y ascetas de gran virtud”.
¿Era monja?
Egeria,
también llamada Eteria, Ætheria, Etheria, Arteria o Geria,
vivió en el siglo IV d.C., seis centurias antes de que establecieran las
órdenes católicas femeninas. Pertenecía a una familia acomodada galaico-romana,
influida por los relatos de otros viajeros que se habían atrevido a visitar los
suelos que pisó el fundador de la fe cristiana.
Por
su acendrado misticismo y su comportamiento ejemplar, las tradiciones locales
la “elevaron” popularmente al rango de “monja”, razón por la que en Galicia se
le aplican los apelativos de “monja gallega” o “superiora de un convento
gallego”. Lo cierto es que en aquellos años se le llamaba “convento” a las
asambleas romanas, que eran instituciones para la impartición de la justicia y
que no tenían nada que ver con la religión que estaba por expandirse al resto
del mundo.
De
cualquier forma, la cultura, audacia y valentía de Egeria, la colocan en el
pedestal de los grandes viajeros y en la lista de los principales promotores de
la fe durante los orígenes del cristianismo.
¿Qué
sus textos tuvieron tanto de imaginación como de realidad?... ¡Eso no importa!
Egeria nunca pretendió ser historiadora sino, con un sentido más humanístico,
compartir con el mundo las maravillas que conoció, sin restarle emoción a sus
descripciones, convencida de que así fue como lo sintió.
(*)
Miembro del Seminario de Cultura Mexicana
[1] Itinerario a Lugares Santos,
redactado en forma de diario de viaje.
[2] Según la leyenda, Abgar, rey de
Edesa (hoy Urfa en Turquía), escribió a Jesús para solicitar su milagrosa
intervención ante dos enfermedades que lo aquejaban, quien le hizo saber que
estaba muy ocupado con su misión terrenal, pero cuando subiera a los cielos le
enviaría un mensaje. Poco después, Tadeo el apóstol le llevó una carta de
Jesús, con la recomendación de que la guardara mientras quisiera seguir en
buena salud, lo que se cumplió cabalmente.
[3]
Emperador Romano en Oriente de 378 a 392 d.C. Originario de Cauca (hoy Segovia,
España). Su primera esposa, Aelia Flacilia era de origen gallego, es decir,
paisana de Egeria.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarMuy interesantes relatos, algo totalmente nuevo para mi no había leído o escuchado algo de esto antes.
ResponderEliminarSaludos.
MID. Iván Arturo Quintero