jueves, 11 de julio de 2013


REVISTA ACONTRAGOLPE

EL ARTE AFRICANO REVALORADO

Al igual que con el arte amerindio, los prejuicios centroeuropeos calificaban de primitivas y feas las manifestaciones creativas de cualquier cultura ajena. Sin embargo, hoy las piezas de esas “culturas atrasadas” se cotizan altamente en las galerías de todo el mundo.

Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*

Desde que en el siglo XIX se le llamó “gran dios marciano” a una pintura rupestre del 54,400 a.C. en Tassili, Argelia, las representaciones –realistas o estilizadas- de animales actualmente inexistentes en el continente africano, han sido calificadas de primitivas o de alienígenas, demostrando cierto desprecio hacia los pueblos que las crearon, hasta extenderlo a los que aún las reproducen como parte de su diario vivir.
Ciertamente es muy difícil obtener información sobre la evolución del arte africano, pues prácticamente no hay documentación fehaciente. La situación se agrava por la destrucción que las potencias “civilizadoras” realizaron entre los siglos XVI y XIX, tanto por la imposición de “nuevos y mejores” modelos estéticos, como por la persecución religiosa del “paganismo”.
Además, la ignorancia occidental sobre los fundamentos ontológicos de aquellas obras de arte, impide al crítico superficial explicarse sobre la relación de las formas o colores con las entidades divinas, la representación abstracta del cosmos o de los números, las figuras que ensalzan los valores morales o físicos de cada tribu, la demostración figurativa simplificada de pensamientos complejos y hasta la simple relación entre el hombre y su hábitat. Desgraciadamente, de manera casi automática, se le homologó como “arte negro” a todo lo africano, sin detenerse a estudiar la variedad de costumbres, lenguas, climas, sistemas de creencias, formas de producción, utilidad de los objetos, combinaciones sutiles de materiales y un sinfín de variables que son inherentes a cada obra.
Quizá podamos comprender la arrobadora escultura, dibujo, pintura, mobiliario y música africana, si aceptamos que la persona a la que nosotros llamamos artista, es alguien que se comunica con el numen que le inspira y que por tal razón le hace funcionar como intermediario entre los seres divinos o los espíritus y los entes terrenales como nosotros.
Eso explica que los artesanos africanos adquieran una connotación diferente a la que se la en otros continentes, pues no se dedican a crear piezas mientras están ociosos de sus tareas primarias, sino a perfeccionar su arte desde que son muy jóvenes y reciben las instrucciones de otro artista local, por lo que el motivo central de su vida es llegar a dominar los materiales y las herramientas, realizando piezas que ante los ojos inexpertos se parecen entre sí, pero que, comparadas con las de otras épocas y otros creadores, muestran la suave evolución de las formas y el sello de su creador, sin perder por ello su identidad local.
Incluso es posible aseverar que las obras no tienen, ni pretenden tener, un sello individualista, sino un mensaje social que contiene los valores de la tribu o familia en la que se gesta. Podríamos pensar que el artesano es algo así como un intermediario entre los códigos comunales y los observadores externos, siendo él un elegido para utilizar los medios que hacen posible la creación plástica.
No obstante, desde que detonó el turismo masivo a África y se globalizó el gusto por sus “exóticas” obras, surgió una artesanía semi-industrializada, masificada y carente de mensaje aborigen, pues ante las exigencias del mercado, ya no resulta importante saber en qué tribu o en qué país se elabora cada cosa, pues esa vulgarización permite manufacturar “arte africano” en los centros maquiladores mundiales.
Una pieza auténtica, forzosamente tiene un alto valor y también un alto precio, pues el creador debe “purificarse” e incluso consumar sacrificios –reales o simbólicos-, acompañado de sus rústicas herramientas, y pasar mucho tiempo recolectando conchas, cuentas, clavos, plumas y todo lo que su inspiración les dicte, elaborando sus propios tintes cuando es necesario o incorporando cautelosamente productos modernos. Esa es la razón por la que desde el siglo XIX han prosperado vías de tráfico de “arte negro legítimo”, con el fin de enriquecer las colecciones de los museos, galerías y universidades, en una cadena en la que todos ganan mucho dinero y prestigio, excepto los artesanos... o su gran mayoría.
Ha sido en los últimos 30 años cuando algunos editores, críticos de arte e instituciones culturales, han sacado a flote a notables artistas, cuyos méritos son innegables, y que se han convertido en la punta de lanza para la reivindicación de esas manifestaciones. Destacan los nigerianos Ashira Olatunde y Prince-Twins-Seven-Seven, éste último nombrado “Artista por la paz” en 2005 por la UNESCO, con esculturas, pinturas, poemas y composiciones musicales que han dado la vuelta al mundo gracias al internet.
Otros brillantes creadores son los artesanos de Ghana, Eric Adjetey Anang y de Zimbawe, Nicholas Mukomberanwa, así como el fotógrafo nigeriano Bamako.
La producción de esos y otros artistas altamente cotizados, así como la de miles de creadores anónimos, demuestra que el arte africano tiene su propia dinámica, sin dependencia de influencias europeas, por lo menos hasta mediados del siglo pasado. Por ello, sus manifestaciones son tan válidas y actuales como las de cualquier otra producción artística del mundo, y cualquier comparación resulta ociosa pues no cabe el calificativo de “atrasado” a algo que tiene su propia vida, sus propias raíces y sus propios resultados.
La fuerza expresiva y limpieza de contaminantes culturales, indujo a reconocidos artistas occidentales a beber en ese inmenso manantial creativo. De los más conocidos fue Paul Cezanne, quien acuñó la definición “la simplicidad geométrica es el arte africano”, afirmando haber encontrado ahí la respuesta que por años buscó sobre la síntesis más extrema, y al mismo tiempo la más sobresaliente.
También a principios del siglo XX, Henri Matisse y los seguidores de la corriente fauvista, tomaron del color africano el ímpetu que revolucionó la cromática europea. Sin embargo, cabe decir que para los africanos, el color superpuesto a sus piezas no es tan importante como en el resto del mundo: ellos aceptan el color como algo inherente a sus materias primas, es decir, cada cosa ya tiene su color natural.
El pintor y escenógrafo francés André Derain, durante una exposición de “arte exótico” en Londres, en 1906, declaró haber encontrado la expresión más cautivadora de cuantas hubiese visto.
Por su parte, Amedeo Modigliani, el pintor y escultor italiano que revolucionó la forma de pintar el cuerpo humano, confesó haberse inspirado en las alargadas figuras generadas por las etnias fang, ibo y baulé, del África subsahariana.
El maestro francés del collage, George Braque, externó siempre su admiración a la suprema abstracción de que han sido capaces los artesanos africanos para exponer, en una máscara, todo un universo expresivo, el cual sería desarrollado años después, por el resto del mundo. El ejemplo más conocido fue Picasso, quien geometrizó los motivos pintados, hasta lograr, compenetrándose del alma del arte negro, transmitir mensajes emocionales en cada forma, aún cuando el parecido con el original resultara inexistente. De esa forma pudo plasmar varios planos, incluyendo los internos de cada cosa o persona, dando como resultado el cubismo, un arte muy adelantado, equivalente a la física relativista de principios de siglo XX.
Por otra parte, la apreciación del tema abordado, ha tropezado con los estereotipos occidentales que lo califican de “exótico”. Así, una vulva, o un vientre abultado deben ser explicados para entender la estética de la fecundidad. Igualmente, los ojos hundidos pueden representar la sabiduría o la muerte, según la intención de la oquedad; una posición arrodillada reflejaría sumisión o quizá actividad sedente; las exageraciones sobrepuestas a las máscaras permitirían identificar los poderes o dones del chamán, o la vinculación entre el alma humana y su correspondiente espíritu animal; y, en muchas ocasiones, el objeto artístico capturaría el poder o el espíritu de una persona, ya sea viva o muerta, o alguna virtud zoológica rescatable para el hombre, o bien, tendría funciones de talismán, quizá asociado a los ancestros o a los elementos más representativos de su entorno natural.
El uso que se les da a los muebles tallados en madera, también es motivo de asombro, como los decoradísimos reposa-cabezas de la República Democrática del Congo, que sirven para evitar que los sofisticados peinados se estropeen al dormir. Otro caso antológico es el de los taburetes (traducción forzada) que son al mismo tiempo bancos, mesitas o basamentos, y que se heredan por generaciones, y que se viaja con ellos por resultar imprescindibles para su vida cotidiana; llevan postes antropo o zoomorfos y muestran orgullosos las cicatrices de los años, sin ser barnizados ni retocados jamás; son tan importantes, que el robo de un taburete equivale a una declaración de guerra.
El hipnotismo de esas obras -a las que nosotros llamamos “arte africano”- ha propiciado un éxito rotundo a la reciente exposición del Museo Guggenheim de Bilbao titulada 100% Africa, patrocinada por el filántropo Jean Pigozzi, quien tomó la idea de adquirir una inmensa cantidad de piezas, después de acudir a la Expo Magiciens de la Terre, montada en el Centro George Pompidou de París.
En la actualidad todas las capitales nacionales tienen por lo menos una sección africana en sus principales museos, especialmente los de países desarrollados, entre los que prevalece una curiosa competencia por poseer las piezas más antiguas o más extrañas.
En la propia África, su producción artesanal ha sido revalorada como Arte y han surgido muchas iniciativas para su preservación cultural y su desarrollo conjunto a las nuevas tecnologías, como la Fundación Sindaka Dokolo, con sede en Luanda, capital de Angola.
Para los africanos autóctonos, el utilizar una de esas piezas, les hace ser ellos mismos y el valor material del objeto es muy inferior al valor estimativo de su propia identidad.
Para nosotros, en cambio, admirar una obra de arte negro constituye un reto lúdico y, en ocasiones, una codiciosa oportunidad de hacer negocio.


* Miembro del Seminario de Cultura Mexicana

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