REVISTA ACONTRAGOLPE
EL ARTE AFRICANO REVALORADO
Al igual que con el arte amerindio, los
prejuicios centroeuropeos calificaban de primitivas y feas las manifestaciones
creativas de cualquier cultura ajena. Sin embargo, hoy las piezas de esas
“culturas atrasadas” se cotizan altamente en las galerías de todo el mundo.
Por Prometeo Alejandro Sánchez Islas*
Desde que en el siglo XIX se le llamó “gran dios
marciano” a una pintura rupestre del 54,400 a.C. en Tassili, Argelia, las
representaciones –realistas o estilizadas- de animales actualmente inexistentes
en el continente africano, han sido calificadas de primitivas o de alienígenas,
demostrando cierto desprecio hacia los pueblos que las crearon, hasta
extenderlo a los que aún las reproducen como parte de su diario vivir.
Ciertamente es muy difícil obtener información
sobre la evolución del arte africano, pues prácticamente no hay documentación
fehaciente. La situación se agrava por la destrucción que las potencias
“civilizadoras” realizaron entre los siglos XVI y XIX, tanto por la imposición
de “nuevos y mejores” modelos estéticos, como por la persecución religiosa del
“paganismo”.
Además, la ignorancia occidental sobre los
fundamentos ontológicos de aquellas obras de arte, impide al crítico
superficial explicarse sobre la relación de las formas o colores con las
entidades divinas, la representación abstracta del cosmos o de los números, las
figuras que ensalzan los valores morales o físicos de cada tribu, la demostración
figurativa simplificada de pensamientos complejos y hasta la simple relación
entre el hombre y su hábitat. Desgraciadamente, de manera casi automática, se
le homologó como “arte negro” a todo lo africano, sin detenerse a estudiar la
variedad de costumbres, lenguas, climas, sistemas de creencias, formas de
producción, utilidad de los objetos, combinaciones sutiles de materiales y un
sinfín de variables que son inherentes a cada obra.
Quizá podamos comprender la arrobadora escultura,
dibujo, pintura, mobiliario y música africana, si aceptamos que la persona a la
que nosotros llamamos artista, es alguien que se comunica con el numen que le
inspira y que por tal razón le hace funcionar como intermediario entre los
seres divinos o los espíritus y los entes terrenales como nosotros.
Eso explica que los artesanos africanos adquieran
una connotación diferente a la que se la en otros continentes, pues no se
dedican a crear piezas mientras están ociosos de sus tareas primarias, sino a
perfeccionar su arte desde que son muy jóvenes y reciben las instrucciones de
otro artista local, por lo que el motivo central de su vida es llegar a dominar
los materiales y las herramientas, realizando piezas que ante los ojos
inexpertos se parecen entre sí, pero que, comparadas con las de otras épocas y
otros creadores, muestran la suave evolución de las formas y el sello de su
creador, sin perder por ello su identidad local.
Incluso es posible aseverar que las obras no
tienen, ni pretenden tener, un sello individualista, sino un mensaje social que
contiene los valores de la tribu o familia en la que se gesta. Podríamos pensar
que el artesano es algo así como un intermediario entre los códigos comunales y
los observadores externos, siendo él un elegido
para utilizar los medios que hacen posible la creación plástica.
No obstante, desde que detonó el turismo masivo a
África y se globalizó el gusto por sus “exóticas” obras, surgió una artesanía
semi-industrializada, masificada y carente de mensaje aborigen, pues ante las
exigencias del mercado, ya no resulta importante saber en qué tribu o en qué
país se elabora cada cosa, pues esa vulgarización permite manufacturar “arte
africano” en los centros maquiladores mundiales.
Una pieza auténtica, forzosamente tiene un alto
valor y también un alto precio, pues el creador debe “purificarse” e incluso consumar
sacrificios –reales o simbólicos-, acompañado de sus rústicas herramientas, y
pasar mucho tiempo recolectando conchas, cuentas, clavos, plumas y todo lo que
su inspiración les dicte, elaborando sus propios tintes cuando es necesario o
incorporando cautelosamente productos modernos. Esa es la razón por la que
desde el siglo XIX han prosperado vías de tráfico de “arte negro legítimo”, con
el fin de enriquecer las colecciones de los museos, galerías y universidades,
en una cadena en la que todos ganan mucho dinero y prestigio, excepto los
artesanos... o su gran mayoría.
Ha sido en los últimos 30 años cuando algunos
editores, críticos de arte e instituciones culturales, han sacado a flote a
notables artistas, cuyos méritos son innegables, y que se han convertido en la
punta de lanza para la reivindicación de esas manifestaciones. Destacan los
nigerianos Ashira Olatunde y Prince-Twins-Seven-Seven, éste último nombrado
“Artista por la paz” en 2005 por la UNESCO, con esculturas, pinturas, poemas y
composiciones musicales que han dado la vuelta al mundo gracias al internet.
Otros brillantes creadores son los artesanos de
Ghana, Eric Adjetey Anang y de Zimbawe, Nicholas Mukomberanwa, así como el
fotógrafo nigeriano Bamako.
La producción de esos y otros artistas altamente
cotizados, así como la de miles de creadores anónimos, demuestra que el arte
africano tiene su propia dinámica, sin dependencia de influencias europeas, por
lo menos hasta mediados del siglo pasado. Por ello, sus manifestaciones son tan
válidas y actuales como las de cualquier otra producción artística del mundo, y
cualquier comparación resulta ociosa pues no cabe el calificativo de “atrasado”
a algo que tiene su propia vida, sus propias raíces y sus propios resultados.
La fuerza expresiva y limpieza de contaminantes
culturales, indujo a reconocidos artistas occidentales a beber en ese inmenso
manantial creativo. De los más conocidos fue Paul Cezanne, quien acuñó la
definición “la simplicidad geométrica es el arte africano”, afirmando haber
encontrado ahí la respuesta que por años buscó sobre la síntesis más extrema, y
al mismo tiempo la más sobresaliente.
También a principios del siglo XX, Henri Matisse y
los seguidores de la corriente fauvista,
tomaron del color africano el ímpetu que revolucionó la cromática europea. Sin
embargo, cabe decir que para los africanos, el color superpuesto a sus piezas no
es tan importante como en el resto del mundo: ellos aceptan el color como algo
inherente a sus materias primas, es decir, cada cosa ya tiene su color natural.
El pintor y escenógrafo francés André Derain, durante
una exposición de “arte exótico” en Londres, en 1906, declaró haber encontrado
la expresión más cautivadora de cuantas hubiese visto.
Por su parte, Amedeo Modigliani, el pintor y
escultor italiano que revolucionó la forma de pintar el cuerpo humano, confesó
haberse inspirado en las alargadas figuras generadas por las etnias fang, ibo y
baulé, del África subsahariana.
El maestro francés del
collage, George Braque, externó
siempre su admiración a la suprema abstracción de que han sido capaces los artesanos
africanos para exponer, en una máscara, todo un universo expresivo, el cual
sería desarrollado años después, por el resto del mundo. El ejemplo más conocido
fue Picasso, quien geometrizó los motivos pintados, hasta lograr, compenetrándose
del alma del arte negro, transmitir
mensajes emocionales en cada forma, aún cuando el parecido con el original
resultara inexistente. De esa forma pudo plasmar varios planos, incluyendo los
internos de cada cosa o persona, dando como resultado el cubismo, un arte muy adelantado, equivalente a la física relativista
de principios de siglo XX.
Por otra parte, la
apreciación del tema abordado, ha tropezado con los estereotipos occidentales
que lo califican de “exótico”. Así, una vulva, o un vientre abultado deben ser explicados
para entender la estética de la fecundidad. Igualmente, los ojos hundidos
pueden representar la sabiduría o la muerte, según la intención de la oquedad;
una posición arrodillada reflejaría sumisión o quizá actividad sedente; las
exageraciones sobrepuestas a las máscaras permitirían identificar los poderes o
dones del chamán, o la vinculación entre el alma humana y su correspondiente
espíritu animal; y, en muchas ocasiones, el objeto artístico capturaría el
poder o el espíritu de una persona, ya sea viva o muerta, o alguna virtud
zoológica rescatable para el hombre, o bien, tendría funciones de talismán,
quizá asociado a los ancestros o a los elementos más representativos de su
entorno natural.
El uso que se les da
a los muebles tallados en madera, también es motivo de asombro, como los
decoradísimos reposa-cabezas de la República Democrática del Congo, que sirven
para evitar que los sofisticados peinados se estropeen al dormir. Otro caso
antológico es el de los taburetes
(traducción forzada) que son al mismo tiempo bancos, mesitas o basamentos, y
que se heredan por generaciones, y que se viaja con ellos por resultar
imprescindibles para su vida cotidiana; llevan postes antropo o zoomorfos y
muestran orgullosos las cicatrices de los años, sin ser barnizados ni retocados
jamás; son tan importantes, que el robo de un taburete equivale a una declaración de guerra.
El hipnotismo de esas
obras -a las que nosotros llamamos “arte africano”- ha propiciado un éxito
rotundo a la reciente exposición del Museo Guggenheim de Bilbao titulada 100% Africa, patrocinada por el filántropo
Jean Pigozzi, quien tomó la idea de adquirir una inmensa cantidad de piezas,
después de acudir a la Expo Magiciens de
la Terre, montada en el Centro George Pompidou de París.
En la actualidad
todas las capitales nacionales tienen por lo menos una sección africana en sus principales museos, especialmente los de
países desarrollados, entre los que prevalece una curiosa competencia por
poseer las piezas más antiguas o más extrañas.
En la propia África,
su producción artesanal ha sido revalorada como Arte y han surgido muchas
iniciativas para su preservación cultural y su desarrollo conjunto a las nuevas
tecnologías, como la Fundación Sindaka Dokolo, con sede en Luanda, capital de
Angola.
Para los africanos
autóctonos, el utilizar una de esas piezas, les hace ser ellos mismos y el
valor material del objeto es muy inferior al valor estimativo de su propia
identidad.
Para nosotros, en
cambio, admirar una obra de arte negro
constituye un reto lúdico y, en ocasiones, una codiciosa oportunidad de hacer
negocio.
* Miembro del Seminario de Cultura Mexicana
